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Restauramos un tocador del siglo XIX

Cómo subsanar los daños de un transporte inadecuado

Hoy día, muchos anticuarios prescinden de la tienda física y venden por Internet. Eso ha abaratado las tarifas del sector, hasta el punto de que encontramos cada día muebles excepcionales a unos precios que serían ofertados como gangas en cualquier tienda. Gracias a ello, el público aficionado a las antigüedades crece continuamente.

 

El transporte hasta la casa del comprador debe realizarse con todo cuidado. Y, dado que los museos suelen intercambiar obras de valor incalculable, hay agencias especializadas que ofrecen plenas garantías en esta nueva modalidad de compraventa. Si un mueble antiguo viaja como una mercancía normal, posiblemente resultará dañado. Es lo que sucedió con un precioso tocador del siglo XIX, que vamos a restaurar.

 

 

 

Comenzamos la reparación por lo más grave, la rotura del mármol. Para solventar este tipo de fracturas debemos colocar ambos trozos en una base perfectamente plana, de modo que encajen a la perfección. La menor inclinación puede generar una soldadura imperfecta, y por ende frágil. El nivel de burbuja nos hizo descartar sucesivos emplazamientos en el suelo del piso, por las irregularidades de la alfombra, o por pequeñas ondulaciones en la tarima.

Finalmente, descartamos el suelo y pusimos nuestras miras en la mesa del comedor, de lisura intachable. Los escrúpulos por el peso de la piedra quedaron pronto descartados: vajilla y cubiertos para ocho personas, copas y vasos con su contenido, además de las fuentes de comida, y la presión ejercida por los comensales al apoyar los brazos, superan con creces la carga del mármol. Tras extender un plástico protector, presentamos los dos trozos.

Verificamos el encaje con una tabla puesta de canto, que deslizaba en ambos sentidos sin rozar en los bordes. Ya podíamos efectuar la unión con resina epoxi.

Pasadas 24 horas, repasamos al dorso algunas zonas con insuficiente cantidad de adhesivo. Obsérvense los pliegues ocasionados por el plástico.

Completamos la fase del mármol retirando el cordón de resina endurecida, labor muy sencilla gracias a la cómoda cuchilla que se usa para construir maquetas. Es importante no rayar los márgenes de la ‘cicatriz’ con el filo.

Las patas traseras estaban completamente astilladas por el desdichado transporte. Las cortamos a nivel, ‘cauterizando’ las heridas con pasta de serrín y cola.

Copiamos las viejas patas en madera de sapelli, muy parecida al mueble. Hicimos un bisel decorativo con la fresadora, insertamos dos tubillones y encolamos.

Una de las patas delanteras estaba seriamente dañada. Tras quitarla y vaciar, rellenamos con la misma pasta, nivelando con una tablilla como base de la nueva pata.

La otra pata delantera estaba intacta. Pero, siendo distinta a la anterior, la cortamos y practicamos el agujero de inserción con la broca de pala.

En este detalle apreciamos la solidez del armazón por el buen trabajo de carpintería. Sin esa técnica constructiva, el mueble habría sufrido daños irreparables.

Al colocar la pieza de mármol, vimos que no quedaba afianzada en todo el perímetro del armazón, presentando vuelos inquietantes para una pieza aquejada ya de fractura. Por ello colocamos en las holguras varias tiras de nylon, material sintético inalterable, que no perderá consistencia ni grosor y mantendrá su carga de trabajo.

Para encajar bien el decorativo copete de mármol, montado con tubillones, nos ayudamos de un martillo de goma.

Finalmente, montamos en la parte trasera del tocador el espejo, original del siglo XIX, que afortunadamente no se rompió en el incidente. Todo el trabajo lo realizamos en el dormitorio que se destinaba al tocador, para evitar nuevos riesgos. Y la compradora, al ver el efecto final, quedó casi tan satisfecha como cuando descubrió el mueble en la web del anticuario.



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